Europa no está cambiando, Europa ya cambió. ¿Qué alternativas hay?

El 2016 ha sido un año que muchos analistas lo han calificado como el inicio del fin de la Unión Europea (UE) a causa de 3 importantes sucesos. El primero, la victoria electoral del BREXIT y la consecuencia de la dimisión del conservador europeísta, a la manera británica, David Cameron. El segundo evento, la derrota del Primer Ministro italiano Matteo Renzi en el referéndum constitucional y su posterior renuncia. Y el tercero, la cercana posible victoria de la ultraderecha euroescéptica del Partido de La Libertad (FPÖ) en la segunda vuelta de unas repetidas elecciones en Austria. Además, y como complemento electoralista externo, se impuso en Estados Unidos, el principal socio internacional de la UE, el candidato que más atacó la integración europea durante la campaña, Donald Trump.

En las ciencias sociales para explicar un fenómeno social, político y/o económico, se analizan las causas del mismo, pero muchas veces estas causas son situadas erróneamente al usar un corto espacio de tiempo y sin utilizar un método comparativo. A todo esto, como primer error tenemos que la crisis actual de la UE se pretende enmarcar, en el discurso oficialista, como una consecuencia política automática de la crisis económica y financiera de 2008. Y como segundo, el análisis es insuficiente si no se compara con otras grandes crisis como el Crack de 1929 o el de 1973. Sin olvidar que son tiempos diferentes, donde intervienen algunas novedosas variables.

La primera gran diferencia de estas dos crisis con la actual, la de 2008, es el papel que ha jugado la histórica socialdemocracia o lo que algunos autores, como Francisco Louça, han llamado “centro” cuando por diferentes posiciones se han acercado a la derecha olvidando su esencia del pacto histórico entre capital-trabajo. En 1929 en Estados Unidos, bajo el liderazgo del demócrata F.D Roosevelt, y posteriormente en la Europa occidental de la posguerra con hegemonía de la socialdemocracia, se apostó por edificar el Estado del Bienestar como solución a la crisis de sobreproducción. El Estado pasó a ser un amplio agente económico como productor y consumidor, con la propiedad y/o gestión de grandes empresas públicas, para intentar solucionar el alto nivel de desempleo y las carencias de unas organizadas clases populares. Estas medidas Keynesianas no sólo fueron implementadas por las burguesías nacionales más progresistas, contra la línea más conservadora, dado el crecimiento de la fuerza de los movimientos obreros y populares en la crisis económica sino también por el pánico occidental a que esos movimientos fueran inspirados con el modelo soviético. En definitiva, si la socialdemocracia lideró la izquierda institucional occidental no anticapitalista vendiendo la construcción del Estado del Bienestar a las clases populares, con educación y salud pública entre otras esferas, no fue por otra esencia que el “miedo al comunismo”. La lucha de clases era evidente, y la socialdemocracia era el mejor actor, originado en la misma II Internacional, para apaciguar las contradicciones.

En la crisis de 1973, por la subida de los precios del petróleo entre otras causas, en Occidente el “miedo al comunismo” seguía jugando un aspecto central en plena Guerra Fría, y la socialdemocracia europea pese al déficit y los desajustes macroeconómicos apostó por seguir con el Estado del Bienestar. No era el momento de destrozar el pacto capital-trabajo e iniciar su derechización con un Partido Comunista Italiano muy fuerte, y los más que pronosticados derrocamientos de las dictaduras de Portugal, España, y Grecia, donde la socialdemocracia jugaría un papel central para retener la fuerza del marxismo en los movimientos populares y de liberación. El ejemplo cercano de esta estrategia fue el mismo Congreso Extraordinario del PSOE en 1979 liderado por el “socialista” Felipe González.

Los años 80, con un bloque soviético cada vez más deteriorado y con un eurocomunismo occidental que hacía ya no “dar tanto miedo”, fue la década del inicio del cambio que hoy padecemos muchas de sus consecuencias. El cambio a favor de unos pocos. El proyecto neoliberal entre Margaret Thatcher y Ronald Reagan, inspirado en la Escuela de Chicago del Premio Nobel de economía Milton Friedman, empezó su camino. Y América Latina fue el mejor laboratorio para aplicar la prueba del “Consenso de Washington” con apoyo del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Banco Mundial (BM) contra el modelo de Substitución de Importaciones. Un continente aplastado previamente por dictaduras militares en los años 60 y 70 con el objetivo de eliminar cualquier olor a comunismo o “cubanización” que hizo desaparecer por sus masacres a una generación de líderes sociales. Por ello, América Latina era el mejor ambiente para implementar políticas de ajuste estructural mediante un Pacto de Estado entre socialdemócratas, que violaban sus principios esenciales, conservadores y liberales.

Tras la prueba en el Sur le tocó el turno al Norte. En la Europa de los 90, ya con un bloque soviético desaparecido y con la mayoría de Partidos Comunistas desinflados o reconvertidos al ecosocialismo parlamentario, “el miedo” se había convertido en el “Fin de la Historia”. Y aquí viene el primer suceso que es hoy una de las causas de la crisis de la UE y que poco se discutió en su momento y sigue sin discutirse hoy día; el Tratado de Maastricht promulgado en 1993 y aprobado por un pacto entre socialdemocracia (falso centro), liberales, y conservadores, con resistencia casi nula de los excomunistas. Este Tratado abría el camino al Euro, al Banco Central Europeo, la privatización de empresas estatales, la reducción del gasto público de los Estados no siendo superior al 3% del PIB, y en definitiva substituir la soberanía de los Estados de la UE y sus políticas históricas del Bienestar por una nueva economía globalizada hacia la flexibilización laboral, los Tratados de libre Comercio y el modelo productivo postfordista apostando por las transnacionales.

Europa ya cambió. Con el fin del pacto capital-trabajo, la crisis de los partidos comunistas, o la socialdemocracia apostando por el neoliberalismo, la mayoría de la izquierda quedaba huérfana y las clases populares sin referentes políticos. La UE tuvo un camino más llano para alejarse más de la ética de su himno, la alegría. En lo económico, como ya hemos señalado, por su apuesta hacia el neoliberalismo, el “libre comercio” como el TTIP o CETA, y los Planes de Ajuste Estructural endeudando ilegítimamente a los Estados. En lo político, hacia un distanciamiento entre la ciudadanía y las instituciones debilitando la moderna histórica democracia occidental al aprobarse el Tratado de Lisboa, la Carta Magna europea tras el fracaso del Tratado Constitucional, sin un Proceso Constituyente o participativo. Y en lo militar e internacional, seguir anclada de manera poco soberana e independiente en la política e injerencia de los Estados Unidos, con la OTAN y sus bases militares, reproduciendo la Guerra Fría y el choque contraproducente contra la vecina Rusia o la “Guerra contra el Terrorismo”.

Finalmente, con una institucionalidad europea cada vez más fracturada y con una izquierda cada vez más desorientada hablando de lemas pero no de definiciones – Otra Europa es posible, pero ¿qué Europa sería? -, que luego han provocado desencantos como el de Syriza en Grecia u olvidos como la excepcionalidad de Portugal, quien gana espacio en las clases populares con un simplón discurso, contaminado de chovinismo y xenofobia, es la ultraderecha que vende salirse de la UE. En el siglo XXI ser euroescéptico se ha convertido falsamente ser de ultraderecha porque la misma izquierda lo ha consentido. La izquierda tiene hoy que decantarse por uno de los dos caminos para no generar ambigüedades y ser un simple segundón; o SI a la UE con un proyecto claro y radical de Asamblea Constituyente antineoliberal con el No a la Deuda Ilegítima y la Troika para volver a “dar miedo” al eje liberal, la falsa socialdemocracia y los conservadores – proyecto que puede ser liderado en el Sur de Europa y jugar Podemos un papel trascendental – o NO a la UE como estrategia de liderar el euroescepticismo apostando por Estados-Nación frente a los neofascismos. La izquierda tiene hoy dos grandes enemigos y para vencerlos sólo tiene un camino; o supranacional o nacional.

****Escrito sobre un debate en Espacio Público respecto al tema “Se abren o se cierran oportunidades para el cambio en Europa” http://www.espacio-publico.com/se-abre-o-se-cierran-oportunidades-para-el-cambio-en-europa#comment-5824

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